Toda sabiduría viene de Dios y siempre está con Él.
¿Quién puede contar los granos de la arena del mar, las gotas de lluvia o los días de la eternidad?
¿Quién puede, sin ayuda de instrumentos, medir la altura del cielo, el ancho de la tierra o la profundidad del abismo?
La Sabiduría fue creada antes que todo lo demás; la inteligencia para comprender existe desde siempre.
¿Quién ha descubierto el origen de la sabiduría? ¿Quién conoce sus secretos?
Sólo hay uno sabio y muy temible: el Señor, que está sentado en su trono. Él fue quien creó la sabiduría. La observó, la midió y la derramó sobre todas sus obras. Él se la dio a cada ser viviente a su medida, pero a los amigos en abundancia.
Honrar a Dios trae gloria, satisfacción, alegría y una corona de gozo.
Honrar a Dios alegra el corazón, trae gozo, alegría y larga vida.
Al que honra a Dios, al final le irá bien; cuando muera, todos hablarán bien de él.
La sabiduría comienza honrando a Dios. Ella acompaña a los fieles desde antes de nacer. Ella puso su casa entre los hombres para habitar siempre entre ellos, y se mantendrá fielmente con ellos. (Jn 1,14)
La perfecta sabiduría consiste en honrar a Dios. Ella llena a los hombre con sus frutos. Llenará sus casas de todo lo que quieran, y sus graneros de las cosechas que ella produce.
Honrar a Dios es coronarse de sabiduría. Ella hace que florezca la paz y la salud. Ella hace venir a la ciencia y a la inteligencia como lluvia, y llena de honores a quienes se aferran a ella. El origen de la sabiduría es honrar al Señor, y en sus ramas se encuentra larga vida.
Enojarse injustamente no tiene disculpa, porque el ímpetu de la pasión lleva al hombre a la ruina.
El que es paciente, aguantará mientras sea necesario, y al final su recompensa será la alegría.
Mientras sea necesario, se quedará callado y después muchos alabarán su inteligencia.
La sabiduría hace hablar con sensatez, pero el pecador aborrece dar culto a Dios.
Si buscas la sabiduría, cumple los mandamientos y Dios te la dará en abundancia.
Honrar a Dios es ser sabio e instruido. A él le gusta la fidelidad y la humildad.
No te niegues a honrar a Dios, ni te acerqués a Él con hipocresía.
No seas hipócrita delante de los hombres, y fijate bien en las cosas que decís.
No te elevés demasiado, si no querés caer y hacer que caiga sobre vos la deshonra.
Dios pondrá al descubierto tus hipocresías que guardás como secretos, pues nada hay oculto que no vaya a ser mostrado (Lc. 8,17), y te humillará delante de la gente con las vicisitudes que vivas, que mostrarán lo que sos, por no haberle dado honra y por tener el corazón lleno de engaños.
¿Quién puede contar los granos de la arena del mar, las gotas de lluvia o los días de la eternidad?
¿Quién puede, sin ayuda de instrumentos, medir la altura del cielo, el ancho de la tierra o la profundidad del abismo?
La Sabiduría fue creada antes que todo lo demás; la inteligencia para comprender existe desde siempre.
¿Quién ha descubierto el origen de la sabiduría? ¿Quién conoce sus secretos?
Sólo hay uno sabio y muy temible: el Señor, que está sentado en su trono. Él fue quien creó la sabiduría. La observó, la midió y la derramó sobre todas sus obras. Él se la dio a cada ser viviente a su medida, pero a los amigos en abundancia.
Honrar a Dios trae gloria, satisfacción, alegría y una corona de gozo.
Honrar a Dios alegra el corazón, trae gozo, alegría y larga vida.
Al que honra a Dios, al final le irá bien; cuando muera, todos hablarán bien de él.
La sabiduría comienza honrando a Dios. Ella acompaña a los fieles desde antes de nacer. Ella puso su casa entre los hombres para habitar siempre entre ellos, y se mantendrá fielmente con ellos. (Jn 1,14)
La perfecta sabiduría consiste en honrar a Dios. Ella llena a los hombre con sus frutos. Llenará sus casas de todo lo que quieran, y sus graneros de las cosechas que ella produce.
Honrar a Dios es coronarse de sabiduría. Ella hace que florezca la paz y la salud. Ella hace venir a la ciencia y a la inteligencia como lluvia, y llena de honores a quienes se aferran a ella. El origen de la sabiduría es honrar al Señor, y en sus ramas se encuentra larga vida.
Enojarse injustamente no tiene disculpa, porque el ímpetu de la pasión lleva al hombre a la ruina.
El que es paciente, aguantará mientras sea necesario, y al final su recompensa será la alegría.
Mientras sea necesario, se quedará callado y después muchos alabarán su inteligencia.
La sabiduría hace hablar con sensatez, pero el pecador aborrece dar culto a Dios.
Si buscas la sabiduría, cumple los mandamientos y Dios te la dará en abundancia.
Honrar a Dios es ser sabio e instruido. A él le gusta la fidelidad y la humildad.
No te niegues a honrar a Dios, ni te acerqués a Él con hipocresía.
No seas hipócrita delante de los hombres, y fijate bien en las cosas que decís.
No te elevés demasiado, si no querés caer y hacer que caiga sobre vos la deshonra.
Dios pondrá al descubierto tus hipocresías que guardás como secretos, pues nada hay oculto que no vaya a ser mostrado (Lc. 8,17), y te humillará delante de la gente con las vicisitudes que vivas, que mostrarán lo que sos, por no haberle dado honra y por tener el corazón lleno de engaños.
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